Identidad Corporativa
Més enllà d’un logotip.
Dissenyem identitats de marca sòlides que connecten amb la teva audiència.
Hay una sensación cada vez más difícil de ignorar: muchas marcas actuales parecen cortadas por el mismo patrón.
No es solo una percepción subjetiva. Es una realidad que se hace evidente cuando comparas identidades visuales de sectores muy distintos: moda, tecnología, restauración o cualquier producto físico. Tipografías similares, paletas neutras, composiciones limpias y una estética que busca ser contemporánea, pero que a menudo acaba siendo intercambiable.
La pregunta no es tanto por qué ocurre esto (que también intentaré responder en este artículo), sino en qué momento empezamos a aceptarlo como algo normal.
Durante años, el diseño de marca se basaba en construir identidades reconocibles, con elementos distintivos que iban más allá de lo funcional. Existía una clara intención de diferenciarse.
Hoy, en cambio, parece que muchas marcas han priorizado otra cosa: encajar dentro de un lenguaje visual compartido.
Los rebrandings del sector del lujo son probablemente el ejemplo más evidente. Marcas como Burberry, Balenciaga o Yves Saint Laurent (actualmente Saint Laurent) han simplificado sus logotipos hasta llevarlos a un terreno muy similar: tipografías sans serif, negro sobre blanco, composiciones limpias y sin ornamentación.
Este cambio responde, en parte, a una necesidad de adaptación al entorno digital. Pero también plantea una cuestión más incómoda: ¿hasta qué punto esta simplificación ha diluido el carácter de las marcas?
Cuando firmas con historias, valores y posicionamientos tan distintos acaban compartiendo un mismo código visual, la identidad deja de ser un elemento diferenciador para convertirse en una convención.
El resultado es una paradoja: nunca había sido tan fácil construir una marca visualmente correcta, pero tampoco había sido tan difícil hacerla memorable.
Parte de este fenómeno se explica por el contexto en el que trabajamos. Plataformas como Pinterest o Instagram han convertido la referencia en el punto de partida de cualquier proceso creativo. Guardamos, clasificamos y consumimos diseño de forma continua. Y esto, en sí mismo, no es negativo.
El problema aparece cuando la referencia deja de ser inspiración para convertirse en límite.
Cuando todos los profesionales parten de las mismas fuentes visuales, el margen para la diferencia se reduce. No por falta de talento, sino porque el terreno de juego ya está condicionado desde el inicio.
A esto se suma el papel del algoritmo. Lo que es visualmente agradable, limpio y fácil de consumir tiene más visibilidad. Y lo que tiene más visibilidad se replica. Es un ciclo que se retroalimenta y acaba definiendo lo que entendemos como “buen diseño”.
La irrupción de herramientas como Canva ha tenido un impacto innegable. Han democratizado el diseño y han permitido que muchas marcas pequeñas puedan comunicar mejor.
Pero también han contribuido a establecer un lenguaje visual muy concreto.
Las plantillas, los sistemas predefinidos y las combinaciones que “funcionan” han generado un ecosistema donde muchas decisiones de diseño ya vienen preconfiguradas. Esto acelera procesos, pero también reduce la capacidad de exploración.
No es tanto una cuestión de herramienta, sino de uso. Cuando la solución está demasiado cerca, es fácil dejar de cuestionarla.
Quizá el punto más relevante no tiene que ver con tendencias ni con plataformas, sino con una actitud.
El diseño actual no es peor que el de otras épocas. De hecho, en muchos casos es más refinado, funcional y adaptable. Pero también es, a menudo, más prudente.
Las marcas evitan riesgos. Buscan gustar, no incomodar. Y los diseñadores trabajamos dentro de ese marco porque sabemos que es lo que el mercado valida.
Esto nos lleva a un escenario donde la corrección pesa más que la personalidad.
En un contexto donde todo tiende a parecerse, la diferenciación deja de ser una cuestión estética para convertirse en una decisión estratégica.
No se trata de rechazar tendencias ni de evitar referencias. Tampoco de forzar una originalidad vacía. Se trata, simplemente, de recuperar el criterio.
De saber cuándo una decisión responde realmente a la marca y cuándo responde a una inercia colectiva. De tener la capacidad —y también el coraje— de salirse ligeramente de lo esperado.
Porque, al final, el diseño que deja huella no es el que mejor encaja.
Es el que tiene algo que decir.
Més enllà d’un logotip.
Dissenyem identitats de marca sòlides que connecten amb la teva audiència.